
Blanki
Blanki salió de la mano de Nati, su criadora, de una bolsa de nylon azul de deporte tal como un prestidigitador hace aparecer un conejo de su chistera. No era más que una bolita de pelo, poco más de quinientos gramos rebozados en talco blanco con carita de ángel y unos ojillos de sueño que pedían a gritos unos brazos donde acurrucarse. Abrió esos ojillos y su mirada se aferró para siempre a la de su tata. En ese preciso instante soldaron sus vidas y su relación dejó de ser de este mundo. Los días buenos y los no tan buenos, los momentos de bienestar y los de malestar coinciden en el tiempo de dos seres con una sola alma. Blanki nos trajo su alegría, su vitalidad y su enorme curiosidad por el mundo junto con sus pipis, sus cacas y sus pequeñas, como ella, travesuras. Sus primeras semanas en casa las dedicó a la papiroflexia, destrozando cualquier papel que se le cruzase por delante; a la jardinería, podándonos todas nuestras queridas plantas; a la electricidad, pelando cables de antena, de luz, de teléfono… vamos que le dio por el bricolage. Ah, me olvidaba de la zapatería y la tapicería y sino que se lo digan a mis zapatillas y a alguna que otra alfombra. Pero era un cachorro tan precioso que, al ir a reñirle te llenaba de besos y te miraba con unos ojillos que te anulaba cualquier intento de riño y no te permitía más que abrazarlo y llenarlo de caricias y arrullos. Blanki tiene unos ojos que cuando te miran, te atraviesan, te hablan y te transmiten sentimientos muy difíciles de explicar. Blanki nos ha acompañado en todas las facetas de nuestra vida: en nuestra casa y en nuestros viajes. Con ella hemos subido en avión, en coche y en barco velero. Juntos hemos disfrutado del turismo interior y de los viajes al extranjero. Ella siempre ha sido una perrita muy adaptable, poco ladradora y muy, muy buena; toda una todoterreno. Recuerdo una vez que nos subimos con ella en un pequeño velero. De pronto, se giró mala mar y todos los navegantes nos asomamos a la borda para recordar nuestra última comida, mientras tanto, ella permanecía impasible en la bañera de popa mirando al resto de la marinería con ciertos aires de superioridad. Otra vez, en la cabina de un avión, en medio de una tormenta, Blanki se dedicó a comerse el catering de la señora del asiento contiguo al nuestro, mientras la pobre dama se encomendaba a Dios y al diablo para que el avión no se estrellase ¡Menudo personaje nuestra Blanki! De cachorro e incluso durantes sus primeros años era bastante cabra loca, desde sus tres o cuatro kilos y poco mas de un palmo de altura, pretendía defendernos de cualquier ser vivo poseedor de más de dos patas. No sé si por defender a los suyos o por pura chulería se enfrentaba a perros, vacas, ovejas y todo tipo de animales que se la miraban, y creo que si los animales son capaces de ello, éstos se desternillaban de risa. Un día casi acaba a tortazo limpio con otro dueño de perro, en esta caso de un mastín, por culpa de esa chulería, la de Blanki no la mía claro. De joven no nos dejaba ni hacer la cama, subía a ella de un salto y nos atacaba y nos retaba en un maravilloso juego de tocar y parar que nos alegraba las mañanas de los días de cada día y de los del fin de semana. En cuanto oía el timbre de la puerta, salía pitando para recibir a la visita. Lo años y los dolores pesan, ahora lo sigue haciendo pero poquito a poco, pero siempre alegrándole la llegada a casa a quien quiera que sea. Nadie te recibe en tu propia casa como tu perro, eso sin lugar a dudas. Y si siempre se ha alegrado de las visitas siempre se ha enfadado con su marcha. Sea quien sea la persona que ha salido de casa: familiar, amigo, vecino… a Blanki nunca le ha gustado y siempre ha expresado ese disgusto ladrándole como diciéndole: ¡no te vayas hombre! Quédate en mi casa que se está muy a gustito. Puede que durante su estancia en casa no les haga mucho caso, pero de cualquier manera, no le gusta nada que la gente se vaya. Todos los perros tienen un instinto especial y distinguen instantáneamente la persona que ama los animales de la que no los ama y ellos actuaran siempre de la forma más idónea, acercándose o ignorándolos según sea el caso. Menuda niña hemos criado, encantadora y alegre de joven, glotona como nadie. No ha distinguido entre sus bolitas para perros de la paella de marisco, todo se lo ha comido con ansia, como si la matásemos de hambre. La edad y los dolores la han vuelto menos tragaldabas, ahora es un poquito más selectiva con la comida, y también está menos simpática, gruñe y se queja si en algún momento perturbamos su paz, que le vamos ha hacer, todos nos volveremos viejos gruñones, y que lleguemos. La relación que podemos llegar a establecer con nuestras mascotas es algo tremendo. Los veterinarios dicen que los perros no son inteligentes, que sienten y actúan por instinto de una manera muy diferente a la nuestra. Puede ser, puede que inteligentes no sean, pero listos, más que el hambre. En casa hemos visto con nuestros propios ojos como Blanki fingía una cojera para dejar de andar y subirse a mis brazos; brazos, por cierto, donde se ha pasado media vida. Hemos visto como ponía carita de pena, a punto como quien dice de soltar una lágrima, para ablandarnos el corazón y que le diésemos algo de comer, pollo, jamón, carne… Una carita de pena que ablandaría el corazón al mismísimo Belcebú. ¡Que personaje! Capítulo aparte merecen sus habilidades caninas: en contadas ocasiones ha distinguido la piedra que le hemos tirado del resto de piedras del camino. Al mítico grito de ¡busca!, ella siempre ha respondido con cara de incredulidad preguntando ¿Que hay que buscar? Y por supuesto jamás ha encontrado el camino de vuelta al coche cuando hemos salido a caminar por el monte. Otras grandes cualidades posee, aunque sean poco de su especie: Blanky en la mejor enfermera habida y por haber, si alguien de la familia guarda cama, ella se tiende a sus pies y no se mueve de allí hasta que el enfermo se recupera y nadie como ella para provocar risas y darte los buenos días por muy de mal día que tenga uno. De todo ello, la muy lista siempre ha sacado provecho, tanto sus despistes como sus hazañas le sirven para que siempre la colmemos de caricias, besos y abrazos y para que en definitiva viva como se merece: como una reina, nuestra reina Blanky.


