Mi Vida
José Minglanilla
Prologo
José Minglanilla Sánchez es un superviviente. Ha sobrevivido al ambre, a las jornadas interminables, a las regulaciones de empleo, a los dictados de las multinacionales, a las desgracias familiares. Pese a este sinfín de penalidades, José es un hombre alegre, feliz y de trato fàcil, José es un gran tipo que quiere a todo el mundo y a quien todo el mundo quiere y respeta. Y sobretodo, sobretodo José Minglanilla Sánchez es mi amigo y se, que pase LO que pase, siempre le tendre a mi lado para echar una mano o echar unas risas Gracias por vivir, José
Paco, su cuñao
Mi vida.
Cincuenta años después, mi memòria guarda nítidas y claras las imágenes de nuestra llegada a Barcelona. De madrugada, el sevillano, tras de dieciocho eternas horas de viaje, nos dejaba en una estación de Francia demasiado grande, demasiado fría y demasiado extraña para tres críos y una madre que miraban sin ver; que buscaban a un padre casi desconocido que debía de salvarles de un obligatorio regreso a casa, como a todo loco que se aventurase a venir a Barcelona sin un lugar o una familia donde recogerse. Yo soy el hermano mayor de esas tres criaturas, en enero de 1954 ya había cumplido los catorce y me sentía de alguna manera responsable de las dos pequeñas, María de siete y Carmencita de cuatro añitos. Veníamos con nuestra madre, Maria, que después de la terrible coincidencia de su último aborto con la marcha un par de años atrás de nuestro padre, José, a Barcelona, padecía de una salud muy delicada. Pasó la mayor parte de esos dos largos años encerrada en su casa, en cama y llorando, y aún gracias a su madre, nuestra abuela, también Maria, que hizo lo posible y lo imposible para tirar adelante una casa huérfana de hombres de verdad gracias a la guerra, la pobreza y la emigración. Resulta difícil imaginar hoy en día como era la vida hace sesenta o setenta años en un pequeño pueblo de la provincia de Sevilla. Yo era feliz allí sobretodo los dos últimos años, en los que, ante la ausencia de mi padre, con mi madre guardando cama, la abuela y yo ejercimos de cabezas de familia como buenamente pudimos. Yo llevaba años trabajando, pero fue durante estos dos últimos cuando me sentí importante y necesario, y eso para un zagal de pueblo tiene mucho valor. Los amigos me respetaban y las mocitas del pueblo me miraban con otros ojos. Ya podía, cuando no había mucha parroquia, entrar en el bar del pueblo a tomarme un vino y fumarme un cigarrillo. Hoy en día parece increíble casi atroz, pero empecé a trabajar con siete años y aún disfruté de mi infancia, otros comenzaron mucho antes. La suerte me vino de tener una madre que pensaba en el futuro: fui a la escuela un par de años y pude aprender a escribir y las cuatro reglas que tanto me ayudaron en mis primeros años en Barcelona. Al nacer la pequeña, María, la necesidad apretó y no tuvimos mas remedio que dejar la escuela, digo tuvimos porque incluyo a mi madre, y me puse a trabajar. Que trabajo? El que había en Navalvillar, los del campo y los que le rodean. Según el cura del pueblo, Don Jacinto, era una pena parece ser que yo era un buen estudiante, pero hace sesenta años no bastaba con ser buen estudiante para estudiar, había que tener dinero y de eso en casa de los Sánchez, de mal nombre Los Rubios, había muy poquito. Desde que nací hasta los siete años mi vida se distribuyó entre las faldas de mi madre, los juegos con los amigos del pueblo y un poco de escuela. Nombro poco a mi padre, lo sé. Pero es que realmente tengo poco que nombrar. A José lo veíamos muy poco, lo tratábamos menos y apenas lo conocimos. José era un hombre bueno pero rudo, de trato difícil, escasas palabras y poco dado al cariño. Su profesión ayudaba poco a conocerlo, José era pastor y siempre andaba por esos montes de Dios detrás de sus corderos, por lo que pasaban semanas, incluso meses antes de su aparición por casa. Recuerdo que esos días eran de fiesta grande; traía queso, leche y algo de una carne de la que siempre íbamos faltos. Lástima que a el de seguida se le veía como ausente, su cuerpo estaba en Navalvillar pero su mente estaba en el monte. Por eso, a los pocos días, cuando ya había pasado cuentas con los dueños del rebaño, visitado a los conocidos del pueblo y estado con su mujer, ya se volvía a sus queridos montes con sus corderos. La desgracia para el vino allá por el año 52, cuando una extraña enfermedad mató en pocas semanas a la mayoría de estos corderos, dejando a mi padre sin trabajo ni medios de subsistencia. Nuestro padre se vio obligado a dejar su tierra y sus gentes y marchar a Barcelona a buscarse la vida. ¿Como se las compuso?¿Como consiguió tirar adelante en una ciudad desconocida y sin un oficio útil en una gran ciudad como esta? Pues no sé. Mi padre siempre fue una persona muy cerrada, poco comunicativa y que los tragos tanto los buenos como los malos, se los tomaba el solo. Yo ya trabajaba mucho antes de la marcha de mi padre, ayudé en el horno de pan del pueblo, cuidé gallinas, trabajé u-nos meses en el mono de aceite e hice otros trabajillos de esta índole, mas que nada de temporada, pero que ayudaban un poquito a la economía familiar. Aparte de unas pesetas, las pagas siempre incluían pan o aceite o huevos o algo de ropa vieja, todo muy bienvenido en casa. Fue poco antes de la marcha de mi padre cuando por fin encontré un trabajo serio. En las afueras del pueblo había un cortijo con una huerta muy grande donde fueron a parar mis riñones que se partieron muchos meses para arrancar a la tierra tomates, pimientos, berenjenas, judías….A pesar de mi corta edad me precedia fama de buen trabajador, serio y muy cumplidor y en los dos o tres años que trabajé allí no hubo queja alguna de un servidor. La huerta estava a poco mas de una hora de casa por lo que iva y venia cada dia desde casa y lo que me permitía convivir con mi madre y mis hermanas, lo que mas quería d’este mundo. Conseguí este trabajo justo antes de la marcha de mi padre, fue una gran suerte ya que sin él lo hubiésemos pasado muy, pero que muy mal. De este modo nuestra alimentación pasó de comer un poco de carne de mi padre a comer un buen número de mis verduras. Entre mi sueldo y lo que iba ganando la abuela Mariah con sus labores pudimos reemplazar el dinero que traía padre a casa; porque de lo que ganó en Barcelona, no vimos ni un duro. No se si lo ahorró, lo invirtió o se lo malgastó. La abuela María era una santa. Fue mi segunda madre y algunas veces la primera. Los tres éramos sus únicos nietos ya que mi madre era hija única; y nos quería con locura. Enviudó de seguida, su vida fue dura en exceso y acabó de perder la salud cuidándonos durante los últimos años que vivimos en Navalvillar. Ella no quiso venirse a Barcelona y nos sobrevivió escasos meses; nosotros tardamos bastante más en enterarnos de su triste desaparición. Aún la recuerdo con su pelo blanco recogido en un moñete, la cara arrugada y curtida por el sol, vestida de negro con su mantel blanco inmaculado, yendo de aquí para allá, ahora cuidando a sus nietos, a su única hija o cose que te cose a la luz del candil hasta las tantas; el estómago de sus nietos se llenó más de una vez gracias a una de esas prendas. Durante la segunda Navidad sin nuestro padre, recibimos su segunda carta, la primera se recibió pocas semanas después de su marcha, nos decía que estaba bien y que ya tenia trabajo. Como ya he dicho mi padre era de pocas palabras, tanto habladas como escritas. En la segunda nos comunicaba que nos preparásemos ya que en pocos días íbamos a salir del pueblo para reunirnos con él en Barcelona. Fue casi dicho y hecho, esa carta le administró toneladas de vitalidad a mi madre. Los escasos quince días que transcurrieron desde la carta hasta nuestra salida del pueblo fueron un ir y venir de aquí para allí. En solo dos semanas mi madre y mi abuela prepararon ropa nueva, o casi, para las pequeñas y para mí; se despidieron de todos los parientes y amigos del pueblo, adecentaron la casa para que la abuela se quedase bien dispuesta, compraron los billetes de autobús del pueblo a Sevilla y de Sevilla a Barcelona, pidieron los salvoconductos a la Guardia Civil para ir a Barcelona y no se que infinidad de cosas más. Me parece ayer cuando veo a mis dos pequeñas, a María y a Carmencita, a mi lado; tan arregladitas las dos, cada una con una maletita en los pies, llorando a moco tendido, sin querer separarse de su abuela que hacia de tripas corazón; era la mañana que tomamos el autobús de línea de Navalvillar a Sevilla. Aquel día me pareció que la abuela estaba enfada con nosotros debido a nuestra marcha del pueblo, por abandonarla, pero no, lo que estaba era terriblemente triste, con un agujero en el pecho por donde se le colaban litros y litros de lágrimas. Ella sabia a ciencia cierta que era la última vez que nos veía, tal y como sucedió. Mi madre tampoco sabia donde meterse, ante la perspectiva de un viaje tan largo hacia una ciudad desconocida estaba echa un manojo de nervios y hecha una pena, ella también sabía que no volvería a ver a su madre con vida. Muchos años después, pudo visitar su tumba y dejarle un ramo de sus adoradas rosas blancas. Esos mismos nervios y la necesidad de un futuro mejor para sus hijos le empujaban a salir del pueblo sin romperse en mil pedazos delante de su madre. Del viaje en autobús a Sevilla y del viaje hacia Barcelona no vale la pena explicar nada, en Sevilla no salimos de la estación por miedo a perdernos y perder de esa manera el tren. Del sevillano se han contado tantas historias, que la nuestra no deja de ser una más; su extrema lentitud, sus innumerables paradas, el hacinamiento de la gente en los vagones, de las condiciones de los servicios, pero también de la alegría y la esperanza de un futuro mejor: de trabajo seguro, prosperidad y seguridad, del reencuentro con los seres queridos al final del viaje y de tantas y tantas esperanzas. La entrada a Barcelona nos dejó a los cuatro extasiados, nunca habíamos visto un pueblo tan grande, con automóviles, con tantos bloques de pisos, con tantas fábricas, y la estación, para mí que todo Navalvillar cabía allí dentro de la Estación de Francia. Al bajar al andén parecíamos borrachos, tantas horas de tren, junto con la impresión que nos produjo la gran ciudad nos tenían aturdidos, mareados. La terrible confusión que había en la estación también colaboraba . Se juntaron las cientos de personas que querían bajar todas a la vez del tren y saludar a sus familiares de los andenes, los cuales, al mismo tiempo, querían asaltar el tren para besar, abrazar, jalear, y zarandear a los recién llegados junto con la policía que intentaba poner orden en aquel alboroto. La policía, además, debía de pedir a los recién llegados sus salvoconductos y las señas de su primera residencia en Barcelona. Al que no cumplía los requisitos, pues media vuelta y para el pueblo. Y allí, en medio de aquel des-orden estábamos los cuatro, sin saber si tirar hacia la izquierda o la derecha, hacia arriba o hacia abajo, ocho ojos buscando en todas direcciones a nuestro padre. Fue el quien primero nos vio a nosotros, supongo que le llamó la atención un grupo de cuatro conejos asustados en medio de la una estación. Fue uno de esos felices momentos que uno recuerda toda la vida con cariño. Creo que fue una de las cinco o seis veces que vi sonreír a mi padre y una de las dos o tres que nos abrazó. Nos abrazamos los cuatro y volvieron a caer lágrimas. Cuanto tiempo y al mismo tiempo que poco. Cincuenta y cuatro años son muchos años, pero a la vez son muy pocos. Si volviese a recorrer este camino, puede que en algún cruce girase en otra dirección; que le vamos hacer, como dijo aquel: a lo hecho pecho; muchos no lo han podido contar. De los cinco de la estación de Francia todavía permanecemos tres en pie y no todos con los que me ido cruzando por estos mundos de Dios siguen en pie. En fin, que no me puedo quejar. No se como fuimos de la estación de Francià al barrio de Horta, solo se que aquella sucesión de casas y pisos me atraía y me daba miedo a la vez, no me podía creer lo que veía, que ciudad tan enorme, cuanta gente, cuantos comercios… mas la dura realidad no tardo en imponerse. Mi padre, con mucho esfuerzo, había conseguido alquilar un piso de dos habitaciones en un quinto piso, sin ascensor, en la calle Trabau nº 13, nuestra primera dirección. Nada que ver con la casa que teníamos en el pueblo. Allí veíamos la salida y la puesta del sol, veíamos árboles, veíamos animales y campo; en la calle Trabau nº 13, 5º 2ª, por no ver no nos veíamos ni nosotros. El piso daba a unos patios interiores por donde no entraba el sol ni a mediodía de pleno verano. No veíamos árboles, no veíamos animales, ni gente, ni nada, cosas de la capital y de la modernidad. Como era enero y en Barcelona hace mucho más frió que en Sevilla, los cuatro recién llegados enfermamos de golpe; los cuatro a la cama y sin abuela que nos cuide. A partir de ese momento, nuestra vida se acelera, la calma reinante en el pueblo desaparece como por arte de magia y nuestra vida pasa de ser regida por el sol y las estaciones a ser dictada por el reloj, los horarios a cumplir, las horas extras y los destajos. Las dos pequeñas aún fueron al colegio unos cuantos años más, pero yo al segundo día, ya estaba dando el cayo en el mismo taller donde trabajaba mi padre, las Industrias Caregue. De lunes a sábado de seis de la mañana a ocho de la noche ayudando a cargar y descargar camiones, a cargar de material las máquinas, a limpiar el suelo, a pulir las piezas acabadas, yo que se… El trabajo en el huerto era gloria al lado de esto y el sueldo poco más, o poco menos ya que se lo quedaba íntegro mi padre. Así pase prácticamente mis primeros cuatro años de existencia en Barcelona: de casa al trabajo y del trabajo a casa, casi sin hablar con nadie, los compañeros de trabajo eran mucho mayores que yo y poco teníamos que decirnos; igual que con mi padre, los tristes paseos diarios de ida y vuelta al taller transcurrían en el silencio más absoluto. El domingo era el único día en que podía descansar, llegaba tan derrotado que no hacia más que dormir. Mi madre y mis hermanas eran prácticamente tres extrañas para mí. No se, por raro que parezca, apenas tengo recuerdos de esos cuatro años; son como un agujero, mejor dicho, como esos caminos de montaña por donde apenas penetra la luz del sol, sombríos, húmedos y melancólicos, sin principio ni fin. Dos sucesos casi simultáneos me sacaron de ese túnel y me unieron con las mujeres de mi familia: La muerte de padre y mi reencuentro con Mercedes, una vecina de Navalvillar. Con Merceditas, bueno, en esa época ya Mercedes, me había recorrido todos los caminos que rodeaban Navalvillar, robábamos almendras, higos, cogíamos caracoles, corríamos detrás de los conejos y las perdices, que tiempos aquellos… También íbamos juntos al colegio. Cuando comencé a trabajar, perdimos la relación pero hasta entonces era uno de mis mejores amigos. Mercedes era hija del molinero, de las familias menos necesitadas del pueblo. Algo grave ocurrió sino ella no viviría en Barcelona. Al principio me picaba la curiosidad, de seguida me dejó de importar, fuese lo que fuese, ya me estaba bien, nos había permitido reencontrarnos. La vi, bueno me vio ella, un domingo por la tarde que me decidí a salir de casa y darme un paseo por el Park Güell. Jugaban un partido de fútbol de barrio en la plaza principal del parque y yo mataba la tarde mirando el encuentro cuando ella, toda resolución y alegría se me acercó y me llamó la atención. Solo nos llamaban Rubio la gente del pueblo. Ese mote estaba perdido en el fondo de mi memoria cuando esa risa, esa voz … Que alegría!. Casi no la reconozco, aquella niña traviesa se había convertido en toda una mujer y vaya mujer. Estaba muy guapa, esplendida, como una de esas actrices que aparecían en los anuncios de los cines. Me dio dos contundentes besos en cada mejilla y me asedió a preguntas. Mi falta de soltura en las relaciones humanas un poco más y me hacen pasar por mudo, llevaba cuatro años sin relacionarme con nadie fuera de casa y del taller y menos con chicas guapas, y eso se nota! De todas maneras no salí muy mal parado del envite, por lo menos el resultado fue excelente, quedamos en vernos el domingo siguiente en un cine del centro de la ciudad, ella iría acompañada por unas amigas, en aquellos tiempos no iba a venir sola, y yo, pues yo no sé con quien iría. Mi reencuentro con Merceditas, no me acostumbro , ya era Mercedes, ocurrió el primer domingo de abril de 1958; tres días después, el nueve, moría mi padre. Creo que yo estaba disfrutando de los días más felices desde que pisé Barcelona; había quedado con Mercedes para el domingo que viene, no me lo odia creer! Ese miércoles no dejaba de ser un día más, mi padre y yo fuimos al taller, trabajamos como condenados y después de plegar enfilamos el habitual camino de vuelta a casa. Solo llegué yo con vida a casa, a menos de cien metros de nuestro portal, al pasar por debajo de un edificio en construcción, a mi padre le cayó encima un trozo de pared matándolo en el acto. Yo me salvé de milagro, me había parado unos metros antes a comprar tabaco y eso me salvó. El tabaco me salvó la vida, que ironía. El golpe fue terrible, devastador y con terribles consecuencias. En los años cincuenta las relaciones entre padres e hijos no eran como de hoy en día; en aquel tiempo, un padre era un padre y un hijo un hijo, cada uno en su sitio. Con su muerte, yo, de verdad, me quedé sin el espejo donde mirarme, sin un padre a quien imitar, respetar y superar si se daba el caso. Ya he dicho que mi padre no era hombre de grandes alegrías ni grandes alborozos, nunca supo exteriorizar el amor que nos profesaba, pero tanto en el pueblo como en Barcelona, no dejó de luchar ni un solo día por su familia. José Minglanilla Pérez fue un solitario, un desgraciado que no hizo en su vida más que trabajar y que murió absurdamente un nueve de abril de 1958 a la edad de cuarenta y un años, dejándome huérfano de padre y esta vez, sin lugar a dudas como cabeza de familia. Mi madre querida no se repuso más de este dramático suceso. Los cuatro años de Barcelona no le habían sentado nada bien. Su frágil salud no había resistido bien la humedad, el humo, la falta de luz, el hacinamiento de una gran ciudad como Barcelona. Ella si que añoraba Navalvillar, la que más. Añoraba a sus amigas y vecinas de toda la vida, el canto de los pájaros, el paso de las estaciones, el olor del campo, en fin, todo lo que no había en Barcelona. La muerte de su amado marido la postró en cama, de la que ya no salió más que para acompañar a mi padre año y medio después. Evidentemente, mi madre padecía una depresión gravísima, enfermedad desconocida en aquellos tiempos, y sin medicación adecuada ni la debida comprensión, se fue apagando, marchitándose como se marchitan las flores. Las flores cuanto más bonitas son antes palidecen y mi madre se nos fue demasiado rápido un veinte de septiembre de 1959. Desde entonces reposan los dos juntos, padre y madre, en el cementerio de Montjuich, mirando al mar, lo que más les gustaba de Barcelona. Cuando murió nuestro padre, Carmencita con ocho añitos, estudiaba en el colegio del barrio y lo hacia muy bien. En ella habitaba el gusto por saber, por las cosas bonitas de nuestra madre. Se parecía mucho a ella y ese parecido se a ido acrecentando con el paso de los años. Ella fue la que más la cuidó. Raras veces se apartaba de los pies de su cama, nos pido abandonar el colegio, pero por suerte no lo hizo; así pues, se pasaba los días entre la escuela, cuidar la casa y cuidar a su madre. Se portó como si tuviese el triple de los años que tenia. Este cúmulo de desgracias nos unió mucho a Carmencita y a mí. María siempre ha sido muy diferente, independiente, a la suya y aunque permaneció junto a nosotros, no lo hizo con mi abnegación, ni sobretodo con la de Carmencita . En menos de dos años pasamos de ser una familia pobre de inmigrantes andaluces viviendo en Barcelona a ser una familia de tres huérfanos muy pobre de inmigrantes andaluces viviendo en Barcelona. Tras nuestra llegada a Barcelona, nuestra economía nos iba entre regular y mal, cuando murió nuestro padre nos fue muy mal. El principal sueldo que entraba en casa se perdió y aunque la desgracia me hizo progresar en la empresa, la enfermedad de mi madre liquidó todo ahorro y todo ingreso extra que entró en casa, ingreso casi siempre a costa de mi espalda. La familia de los tres hermanos huérfanos Minglanilla-Sánchez no tenían a nadie en Barcelona. Por parte de madre no teníamos parientes y los de mi padre creemos que habían emigrado a Alemania o Suiza, no lo sabemos muy bien; lo cierto es que no teníamos ningún contacto con ellos y, de hecho, era lo mejor. Solo nos hubiese faltado que nos separasen a los tres enviándonos cada uno a casa de un pariente o algo peor. Teníamos un vecino en la escalera que nos había cogido mucho aprecio y no sabemos como lo hizo, creemos que tenia un pariente cura o militar, pero la cuestión es que legalmente nos acogió en su familia hasta que mi mayoría de edad, ya muy cercana, me permitió pasar a ser el cabeza de familia y tutor de mis hermanas. Nunca le agradeceremos suficiente al señor Rafael y a su mujer Justina todo lo que hicieron por nosotros, no solo arreglando ese lió legal sino con su apoyo , su cariño y sus platos de caldo caliente. Tras la muerte mi madre pasamos unas semanas durísimas. Yo a duras penas tenia fuerzas para levantarme, de mis hermanas que voy a contar. Feo esta decirlo, pero la muerte de muerte de mi madre nos afectó mucho más que la de mi padre. Sea por ser la segunda en poco tiempo, sea porque, realmente, ella se había hecho querer más que él. También es posible que las atenciones que requería mi madre nos hicieran olvidar, en cierta medida, la primera desgracia. Con la segunda, no nos quedaba distracción alguna. Durante semanas fuimos sombras que se paseaban por su cotidiana existencia. Para mi era un castigo, un esfuerzo sobrehumano levantarme cada día para ir a trabajar Industrias Caregue, donde el señor Caregue me supo disculpar los fallos, los retrasos y los despistes que acumulé durante esas terribles días. María que había empezado a despachar en una mercería la tuvo que dejar, era incapaz de mirar a la cara de otras madres y con Carmencita teníamos cada día una batalla para que no perdiese clase. La única manera de convencerla era nombrando a su madre y haciéndole ver que a ella le gustaría que estudiase todo lo posible. Pero como el mundo da una vuelta cada día sobre si mismo y no para de rodar y rodar y nosotros, los humanos, tampoco paramos de rodar día tras día y ese mismo rodar con sus ocupaciones habituales, sus quehaceres y las ganas de vivir innatas a la gente joven, nos ayudó a levantar cabeza. Lentamente, poco a poco, la normalidad volvió a casa y con ella la tranquilidad y ciertas dosis de alegría. Carmencita se encargaba de la casa a la vez que iba al cole, María volvió a trabajar en la mercería y yo, a la práctica, ejercía de jefe de taller de Industrias Caregue. De esta manera, los días, las semanas y los meses se sucedían. Los tres disfrutábamos de una unión poco común entre hermanos, sobretodo Carmencita y yo A María también se le ha querido mucho, pero siempre fue tan a la suya, tan independiente y tan moderna. De seguida hizo su grupo de amigas con otras dependientas del barrio y cada vez la veíamos menos, aunque cuando la veíamos se hacia notar, con el genio que ha gastado siempre como para no notarla. Por aquella época se cumplía el primer aniversario del fallecimiento de mi padre y un día, sin venir a cuento, me acordé de la cita que tenia con Merceditas, mi amiga de Navalvillar, para hacia poco menos de un año. Que vergüenza de mi mismo pasé, menudo plantón que le di a la pobre chica aquella lejana tarde domingo; plantón justificado, pero a ojos de ella, plantón sin explicación alguna, plantón como una casa. En aquel preciso instante hubiese salido corriendo a explicárselo, no sé a donde, no tenia ni la más remota idea de donde vivía la muchacha. Se me ocurrió la peregrina idea de presentarme el siguiente domingo en aquel cine donde habíamos quedado, quizás era una cinéfila e iba cada dos por tres a ver película. El siguiente domingo a las cuatro de la tarde estaba yo hecho un pimpollo, en la puerta del dichoso cine esperando a la chica de mis sueños. La sorpresa en casa fue mayúscula, mis hermanas no estaban acostumbradas a verme endomingado; toma, ni yo tampoco. El primer domingo fue un fracaso y el segundo también y el tercero no iba a ser menos. Solo un arrebato de última hora me hizo pasar otra tarde de domingo esperando la aparición de Mercedes en la puerta del cine; si hasta me confundían con el acomodador… El cuarto fue el bueno, la vi doblar la esquina del brazo de su amiga. Los rayos de sol iluminaban su cara de luna y su cabello azabache. Su vestido de primavera le sentaba a las mil maravillas; Mercedes eclipsaba a su amiga, a la calle y a Barcelona entera. Que chica tan guapa pensé, a la vez que me dirigía hacia ella repitiendo mentalmente el discurso que llevaba tan fantásticamente bien preparado. Que torpeza la mía, nada más la vi se lo solté. Toda una retahíla de palabras inconexas dichas de carrerilla intentando justificar el plantón, explicándole la muerte de mi padre, de mi madre, los problemas en casa, el retraso de un año… Pese a mi torpeza, Mercedes me comprendió y no se si por pena o porque somos del mismo pueblo o por ser el primer chico que le daba plantón, pero la cuestión es que aceptó mi invitación para ir a comer chocolate con churros a la calle Petritxol y dejar el cine para otro día, ella y su amiga claro está. De ahí al noviazgo formal y a la boda no hubo más que un paso. Por parte de mi familia no hubo problemas, como se iban a negar mis dos hermanas y más cuando de mutuo acuerdo, Mercedes y yo decidimos que tanto María como Carmen se vendrían a vivir con nosotros. Por parte de su familia costo un poco más. Ella vivía aquí en casa de una tía abuela por parte de madre, muy buena mujer pero muy chapada a la antigua. El deseo de su tía era casar a su Merceditas con alguien de buena familia, posición… Nos costo Dios y ayuda convencerla, pero al fin nos dio su bendición. De sus padres nada, ella se había marchado de casa huyendo de los malos tratos de su familia, nos dieron el consentimiento por carta y aquí paz y después gloria. El noviazgo fue corto, en dos años ya estábamos casados, para que esperar más. Los dos estábamos enamorados hasta las cachas y como los dos teníamos buenos trabajos, ella trabajaba en el despacho de un Notario, preparamos el casorio en un plisplas. Nos casamos un treinta y uno de julio de 1961 en la iglesia de San Francisco Javier de mi barrio. Los invitados fueron escasos: la tía abuela, la amiga de Mercedes, mis hermanas y un compañero de trabajo, Luís, con el que últimamente había tenido mucho roce. Nos fuimos a vivir mi casa, que la habíamos adecentado un poquito. Parece mentira, llevamos casados cuarenta y siete años y fue ayer que salíamos de la iglesia como marido y mujer. Después casarnos la vida nos empezó a sonreír, a mí y a mi familia. Hoy en día suena raro casarse y compartir vivienda con hermanas o cuñadas, en aquellos años era lo más normal. Si nuestra luna de miel fue tomarnos el lunes libre e irnos a pasear por Barcelona, coger una golondrina y comernos una paella en la Barceloneta… Para ser feliz no hace falta ir a Costa Rica ni casarse por todo lo alto ni tener un ático dúplex con piscina; para ser feliz hay que luchar por la felicidad, además de que las cosas te vayan un poquito bien y que la salud de los tuyos y su amor no te falte. La década de los sesenta fue buena, al menos para nosotros que no nos metíamos en política, bueno más que no meternos, es que no teníamos ni idea y como había mucho trabajo, se prosperaba casi sin quererlo. Yo, una vez casados, pase a ser el verdadero encargado de Industrias Caregue, que tenía faena a capazos y que crecía día tras día, Mercedes estaba cada vez más asentada en su Notaria. Parece que la varita de la felicidad había rozado nuestra puerta; María dejó la mercería y se puso a trabajar en una peluquería del barrio, primero de aprendiza, pronto fue oficiala y para orgullo de todos acabó montando su propia peluquería. Toma ya! Una Minglanilla-Sánchez con negocio propio, que orgullo y que alegría el día que asistimos todos a la fiesta de inauguración. Todos ya éramos unos cuantos más: yo, Mercedes, nuestro pequeño José, María, su marido Paco y Carmen con su noviete, el Alberto. De tres habíamos pasado ya a siete y pronto seriamos más. Cuando se inauguró la peluquería, que si no me equivoco fue en septiembre del 1970, Carmen estaba a punto de acabar la carrera de maestra. Siempre fue tan buena estudiante que su procedencia humilde no le impidió acabar sus estudios, sus notas y las becas fueron nuestra salvación. Al fin pudo ejercer de lo que más le gustaba, de profesora. Muchas veces quiso apartar los estudios, que no nos costaban dinero pero impedían que ella lo aportase. Tanto María como Mercedes como yo siempre nos negamos y , gracias a Dios, siempre se dejó convencer. Nos conformábamos con que estudiase y llevase la casa. Sin lugar a dudas el final de los sesenta fue mucho mejor que el final de los cincuenta. Mercedes y yo vivíamos unos años de grandes alegrías, como una pareja enamorada y feliz que prospera y sale de la miseria que colmó su felicidad el siete de septiembre del 1969 con el nacimiento de nuestro primer hijo, otro José. Para la época en que nos encontrábamos, tardamos en tenerlo, ni lo buscábamos ni lo dejábamos de buscar: vino cuando vino, sano y feliz y con eso ya basta. La cabra loca de Carmen también acabó la década asentada, feliz y contenta. Siempre había sido la independiente y la moderna de la familia, nos obsequió con nosequantos amigos o novios poco normales en los sesenta. Gracias a Paco, mi cuñado y mi amigo, Carmen recuperó la estabilidad emocional que seguramente había perdido con tanta desgracia. Su Paco y su pelu le daban tanto trabajo y tantas alegrías que solo tubo tiempo de darme un sobrio, el gran Fran. Carmen es el polo opuesto, su permanente equilibrio permitió que pillase un novio y con ese para los restos, el buen Alberto, padre de la pareja de sobrinos más guapa del mundo Albert y Susana. A Mercedes y a mi se nós animaron las hormonas y en tres años tuvimos dos mas: el tres de enero de 1971 nació Maria y el 12 de diciembre de 1972 nació Montserrat, la peque. En aquel tiempo la prosperidad nós alcanza asta para comprarnos un piso. No dejamos el barrio, era el nuestro y fuera de allí nos hubiésemos sentido como pez fuera del agua. En el Paseo Urrutia se estaban edificando unos pisos muy modernos, de cuatro habitaciones, exterior y con ascensor, vamos un lujazo para cuatro pelagatos como nosotros, però, insisto, como la “cosa” marchaba de perlas, no nós hizo falta pensarlo mucho y nós LO compramos. Fue unos meses antes de nacer José, el grande, y no veas que trastorno acer la mudanza con Mercedes embarazada. Al poco se caso mi hermana Maria con su Paco y poco después fué Carmencita con su Alberto. Diez u once años después de casarrnos, al fin, Mercedes y yo teníamos un piso para nosotros dos, nosotros dos y tres críos claro esta. La década de los setenta fue una década revuelta, complicada, difícil y a la vez llena de esperanza y alegría para todos. Por un lado la muerte de Franco, las elecciones, la política, en definitiva, la libertad nós tenia a todos entre asustados y muy esperanzados. En casa de política asta ese momento nada de nada y las nuevas costumbres democráticas, el votar, el poder opinar libremente, los nuevos diarios, los sindicatos… cuanta novedad tan difícil de asimilar, si asta me toco presidir una mesa electoral, con cierto temor si tengo que ser sincero. Con la economía también pasamos de verdes y maduras. Con el despacho de Mercedes no hubo problema alguno, desde cuando les ha faltado faena a los notarios. En Industrias Caregue si que hubo problemas, entre la entrada de los sindicatos, la primera crisis que vivimos, las huelgas sinfín, a punto estuvimos de cerrar. Por suerte apareció la Siemens y nos compró; éramos un taller muy goloso. Feo esta decirlo pero estaba muy bien llevado y en él se trabajaba muy bien, por eso nos compraron, ni que los alemanes fueran tontos. Con ellos no vino un alud de trabajo y, gracias a Dios sorteamos esa crisis mejor que muchos. Con los alemanes yo asumí nuevas responsabilidades, ya no era el encargado, ahora era jefe de producción e incluso viajaba de tanto en tanto a la central alemana. Tuve que hacer cursos, estudiar, como se dice hoy en día me reciclé sacándome una maestría industrial. Desde luego, valió la pena el esfuerzo. En casa, por los demás, éramos una familia normal, Los niños crecían con normalidad, mocos, paperas, anginas, riñas entre ellos, vamos lo típico de una típica familia. Tan típica que asta nos compramos un terreno y nos hicimos una casa de fin de semana en Comaruga. La caseta y l’hortet, el deseo de cualquier catalán. Y digo catalán porque tanto Mercedes como yo, nos sentíamos así. Del pueblo ni nos acordábamos; nada nos unía a él; la familia, los amigos, nuestro presente y nuestro futuro estaban todo aquí. Nuestra vida se distribuía de lunes a viernes entre la notaria, el taller y los niños y el fin de semana marchábamos al terreno donde los críos se lo pasaban de maravilla y nosotros también, hicimos nuevas amistades, en Barcelona teníamos pocas y el ambiente alegre y relajado de Coma-Ruga facilitaba las relaciones personales. Mis hermanas y su prole venían a menudo por allí y las calçotadas y barbacoas estaban a la orden del día. El año 82, si el del Naranjito, fue el de mi definitivo despegue laboral. Una tarde de marzo, al poco de llegar a casa, recibí una llamada del director de fábrica de la competencia de Siemens. Me llamaba el Sr. Dupont de Alshtom, quería entrevistarse conmigo. Me querían fichar a golpe de talón, conocían mi manera de trabajar y por ello querían que fuese a trabajar para ellos. La oferta era inmejorable y les pedí un poquito de tiempo. Vaya semanita pasamos en casa, en menudo océano de dudas me habían metido. Tenia cuarenta y dos años, mujer de la misma edad con un buen trabajo, tres hijos de doce, once y nueve años un piso, un coche y una casa de fin de semana por pagar. Tenía la vida más o menos estabilizada y un futuro dentro de lo que cabe tranquilo y ahora estos me vienen a liar. La oferta era tentadora, muy tentadora, alimentaba mi ego y alimentaría mejor nuestras cuentas. También me sabía muy mal por Industrias Caregue, bueno la Siemens, allí me había hecho hombre, había aprendido un oficio, había conocido a excelentes personas… Rumié y rumié, dejé a la almohada sorda de tantas consultas y mi pobre mujer un día me decía que ya estábamos bien tal y como estábamos y el siguiente me animaba a liarme la manta, a tirarme a la piscina y algo de un tren que pasa por la puerta. Al fin me decidí, llamé al tal Dupont y para allí me fui. Pasé de llevar a cincuenta personas a dirigir a más de quinientas, menudo fregao! Fue muy duro, difícil y complicado. El nivel de exigencia era muy alto y mi preparación era la justa. Necesite muchas horas, mucho esfuerzo y mucho tesón para conseguir adecuarme al puesto, hacerme respetar por jefes y subordinados fue, sin duda lo más difícil. Yo era un recién llegado con un gran poder de decisión y ejecución en un puesto en el que muchos de mis ayudantes habían fijado sus ambiciones laborales. Fue una suerte contar con el Sr. Dupont que confió plenamente en mi y en todo momento me fue de gran ayuda. Siempre le agradeceré a Jean Paul su confianza, su comprensión y su amistad. Nuestros hijos crecían y nosotros dos nos hacíamos un poco más mayores, o maduros mejor dicho. De salud todos estábamos de maravilla, bueno Josep, nuestro hijo que se había cambiado el nombre, se había roto nosequantos ligamentos en sus partidos de fútbol y en sus salidas a la nieve. Las niñas tampoco se estaban quietas, vaya tres terremotos. Si hasta me tuteaban en la cafetería de la Vall d’Hebrón! Los críos crecían bien, las niñas eran muy estudiosas e iban para la universidad, Arquitectura y Medicina. El chaval no era tan aplicado en los estudios, decidimos que viniese a trabajar conmigo y a la larga le fue, nos fue, muy bien. Cuando cumplí los cincuenta, el año 1989, hicimos un viaje muy bonito. Como he dicho repetidas veces, el pueblo nunca nos había tirado, ni a mí, ni a mis hermanas ni a Mercedes. Los cinco salimos de él en unas circunstancias tan tristes que, de verdad, nunca nos acordábamos de él y nunca aparecía Navalvillar en nuestras reuniones. La idea salió de uno de los críos en la comida de Navidad, la de ir todos juntos al pueblo. Se maduró, se discutió y se preparó con enorme ilusión. Menuda estampa, un diez de agosto a media mañana bajo un sol de justicia, doce catalanes con cara de pasmo en dos monovolúmenes buscando a alguien que nos indicase la dirección del Hostal Navalvillar en el mismo centro de la plaza mayor de Navalvillar. Éramos doce porque fuimos nosotros cinco: mis dos hermanas con sus maridos y sus tres hijos: Fran, el hijo de María y Paco y Albert y Susana la parejita de Carmen y Alberto; vamos toda un comitiva. El viaje fue maravilloso, tres increíbles semanas visitando media Andalucía: Granada, Sevilla, Córdoba, Huelva… para acabar nuestro periplo andaluz volviendo tantos años después al pueblo. El Navalvillar de 1989 no se asemejaba en absoluto al Navalvillar de nuestra memoria, a aquel pueblecito andaluz que en 1954 vivía, malvivía, del campo donde la mayor industria era el molino de aceite. Ahora, en vísperas de la Expo de Sevilla, también la visitamos los doce juntos, era un pueblo hermoso, con una agricultura moderna, con pequeñas industrias y con un alto nivel de vida que saltaba a la vista. Los dos o tres días de estar allí fueron un no parar. Nos reencontramos con amigos de la infancia, con familiares y visitamos la tumba de nuestra querida abuela que en paz descanse. Con cincuenta años quise devolverle a mi ciudad una pequeña parte de todo lo que ella me había dado: me hice voluntario olímpico y gasté mis vacaciones del 92 ayudando con el material de atletismo dentro del estadio de Montjuich. Fueron quince días fantásticos, con tan buen ambiente, tanta alegría y tan buen rollo que rejuvenecías sin darte cuenta y recibías grandes dosis de optimismo y de ganas de vivir. Después hizo su aparición la crisis del noventa y tres y en Alsthom las pasamos canutas. El departamento de I+D se nos había dormido en los laureles y los pedidos no llegaban, no hubo más remedio que recortar personal de todos los departamentos y a mí me tocó recortar del mío. Alrededor de seiscientas personas trabajaban en mi departamento y al menos de vista los conocía a todos y era capaz de situarlos en su máquina, función o zona de trabajo. De una minoría conocía asta el nombre de sus hijos y la lista de bajas a rellenar era de doscientos doce. Doscientos diez tíos con doscientos diez familias de los que me tenia que deshacer. Vaya faenita. La Dirección General la quería cerrada en un mes. La lista iba conmigo a todas partes, más de una vez la repasaba de madrugada, no me dejaba dormir ni comer, era una obsesión, una pesadilla. Si borraba a uno tenia que apuntar a otro, la suma total era obligatoriamente de doscientos doce. La continuidad de la empresa era lo primero y pasaba por estas medidas tan drásticas. Yo no dejaba de pensar que eran personas lo que estábamos enviando a la calle! En aquella época descubrí que no estoy hecho para la economía moderna y veía la jubilación no como algo lejano, de viejos, sino como una meta a alcanzar. A días la meta estaba situada en un llano y otros días en lo alto de un puerto de primera categoría, que valga el símil ciclista para recordar mi afición a las dos ruedas, que empezó tarde pero que cada día está más viva. De niño jamás tuve una bicicleta ni juguete alguno. Si apenas había para comer íbamos a tener para jugar. La bicicleta la descubrí junto con mis hijos. Cuando le regalamos su primera bici a José me dije que un padre no puede enseñar a su hijo si el mismo no sabe hacerlo. Así que con treinta y nueve años me compré mi primera bici y aprendí a montar yo solito. Algún rasguño, mejor dicho tortazo, me lleve pero al final aprendí y le acabé cogiendo mucha afición. En Coma-Ruga hay un grupo de grandes aficionados a las dos ruedas a los que me sumé y con los que compartí muchos kilómetros, almuerzos y risas. Todavía ahora, con algo menos de intensidad, continuo practicando el ciclismo ya sea por carretera o por montaña. Pasada la tormenta del año 93 el trabajo volvió a Alsthom y se pudo trabajar y tomar decisiones sin la enorme presión de ese mal año. Que una cosa son los problemas diarios del puesto de trabajo y otra cosa esa toma de decisiones tan duras que te dejan tocado para siempre. A mi hijo lo mantuve conmigo en Alsthom, habíamos conseguido mantener casi en secreto nuestro parentesco y casi nadie estaba enterado. No lo despedí por dos razones. La primera porque era mi hijo y puede que mi acción no fuese cien por cien moral ni objetiva pero, que le vamos a hacer, es mi hijo y se quedó. La segunda fue porque era, y es, muy bueno en su trabajo. Para despedir al personal no solo se contó la antigüedad, ni la situación familiar se tubo también muy en cuenta la validez del personal y lo que nos podía aportar en un futuro, y José es de los mejores. Empezó prácticamente de aprendiz combinando el trabajo con estudios industriales y aunque la teoría nunca ha sido su fuerte acabo, después de unos cuantos años, sacándose la ingeniería técnica industrial. Con un poco de suerte y habilidad por su parte puede acabar en un muy buen puesto en la empresa. A partir de este punto nuestra vida se relaja y pasa a ser de lo más normal y convencional. Con los crios grandes, que ya van a su aire, y nuestra situación general estable y equilibrada, Mercedes y yo nos podemos dedicar a nosotros mismos. Una pareja de buenos amigos del terreno, Montse y Jordi, nos animaros a viajar un verano a Egipto con ellos y a partir de ese verano nos picó el gusanillo y comenzamos a viajar por todo el mundo. China, Estados Unidos, Perú, buena parte de Europa cualquier excusa ha sido buena para hacer las maletas y salir pitando. Durante estos años hemos ido conociendo a la sucesión de novios, novias, amigos y amigas que han ido pasando por casa de la mano de nuestros hijos Vaya tres, y pensar que yo tuve una novia y para los resto y ahora estos no paran. El año 2000 al menos uno paró, y José se nos casó con Victoria, una niña muy guapa, alegre e inteligente, con un carácter de armas tomar que lleva a mi chaval por donde quiere. No se si he ganado una hija o he perdido un hijo porque desde que se casaron y se fueron a vivir a Tiana pasan por casa lo justito. Por suerte a el lo veo cada día por la fábrica. María con sus estudios de Arquitectura ha ido de aquí para allá. Hizo un erasmus y vivió un año en Florencia. Yo esta que no me llegaba la camisa a la piel. Sufría porque no apareciese un italiano y se quedase con mi niña, pero no, hubo suerte y si hubo italiano no lo llegamos a conocer y se graduó todavía soltera y sin compromiso. Todavía sigue así, esta ha salida a su tía, le puede la independencia y difícil veo que acabe con alguien. A mi me da lo mismo, mientras ella sea feliz que haga lo que quiera, pero en el fondo no me gustaría verla siempre sola. El día de la boda de José, nuestra pequeña doctora Montse nos presento a su novio Xavi, otro médico con el que estaba haciendo las prácticas en Bellvitge Buen chaval, un poco atabalado pero que hace muy buena pareja con mi Montse. Se han casado hace poco, en mayo del 2005 y se han ido a vivir a Gavá. Ahora tengo a dos hijos en los extremos de Barcelona y a la otra viviendo en Gracia, en el centro. ¿No se podían haber ido los tres cerquita mió? Que difícil es ser padre en los tiempos que corren. Tanto Mercedes como yo nos jubilamos el año 2000, a los sesenta años. A mí Alsthom me ofreció una jubilación anticipada muy ventajosa y la notaria tuvo un trato exquisito con Mercedes. Los dos llevábamos muchos años trabajando y ya era hora de darnos un descanso general. El momento de la jubilación esta compuesto de un sinfín de sensaciones contradictorias. Por un lado, tanto ella como yo, nos podríamos dedicar a lo que más nos gusta, estar el uno por el otro. Por suerte, los dos nos encontrábamos en plena forma y podríamos disfrutar de todo ese tiempo que tanto nos habíamos ganado. Por otro lado pasar de una situación cien por cien activa donde se toman decisiones de gran responsabilidad a cada instante, a una situación casi de indolencia puede producir un choque psicológico que no estaba dispuesto a sufrir. Cuando se acabaron las fiestas de despedida y las celebraciones familiares por este cambio en nuestra situación laboral, nos fuimos una semanita al balneario de La Toja donde nos dejaron como nuevos y dispuestos a la batalla. Del 2000 al 2008 poco hemos parado. Hemos continuado con los viajes: Australia, Japón, Argentina… y nos hemos dedicado a actividades diversas. Yo estoy dentro de una asociación de antiguos cargos de empresas en la que nos dedicamos a asesorar de forma altruista a jóvenes emprendedores que quieren tirar adelante un negocio, pinto, leo y hago mis pinitos con el golf. Mercedes divide su tiempo entre colaborar con una ONG y l’associaciò de dones del barri donde se dedica a asesorar a mujeres jóvenes con problemas. Para estar jubilados tenemos una actividad casi frenética, de lo que me alegro. Me horroriza pensar en convertirme en un jubilado viejo y aburrido que se pasa el día mirándose el ombligo a ver que nueva dolencia a adquirido en las últimas veinticuatro horas. Mientras el cuerpo aguante y nos respete la salud hay que disfrutar y permanecer activo. Esta idea la comparto totalmente con Mercedes, y como nuestros hijos no han tenido a bien darnos nieto alguno con el que perder el tiempo, pues lo perdemos de otro modo. Sesenta y ocho años dan para mucho. He trabajado como una animal, he tenido una mujer y unos hijos maravillosos, al menos para mi, he perdido a mis padres, por suerte a nadie mas, he progresado en la vida y de no tener donde caerme muerto puedo decir que vivo mas que desahogadamente… Me ha idò muy vien, de hoy en adelante escasea el tiempo y a mi me encantaria compartir las cosas que tengo y las que se con los míos, seguir disfrutando de mi mujer y mis hijos, vivir los años que toquen con plenas facultades y cuando esto se acabe irme con la alegria y la satisfacción de una buena vida vívida.


